Hogar del Cuatro Puertorriqueño

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Maso Rivera: Un mago repartidor de alegrías
por Josué Santiago de la Cruz
(Esto lo escribí y publiqué en mi columna del semanario Community Focus que se publica en la ciudad de Philadelphia, PA.)

"Anda pal sirete compay, se nos fue don Maso, como también se nos fue el compay Abelardo y don Chú..."

Así me parece a mi escuchar al jíbaro de montaña adentro, ese espécimen casi extinguido de puertorriqueño de clavo pasao, al enterarse de la muerte de uno de los cuatristas más finos y más pintorescos que nuestra tierra halla dado desde que surgió el primer boricua con orgullo y convencimiento de que no era ni europeo ni taíno ni na de esas cosas, sino puertorriqueño.

Maso Rivera, el artífice del cuatro, nuestro "cuatrero" mayor, para decirlo en voz genuinamente puertorra, cultivó el difícil arte del cuatro y lo elevó a niveles de éxtasis interpretativo.

Me parece verlo, con aquella cara rechoncha que irradiaba alegría y ganas de abrazarlo y decirle cosas tiernas, en los programas de la televisión puertorriqueña, haciendo piruetas inverosímiles con su instrumento que los tuvo de todos los colores, tamaños y formas.

Una vez, en uno de aquellos espectáculos de variedades que se presentaban cuando todavía yo residía en Salinas, sacó del bolsillo de su camisa playera multicromática, porque siempre le gustó vestir a la buena de Dios, un cuatro diminuto al que parecía imposible extraerle alguna melodía reconocible. Pero nuestro Maso, como los clásicos magos y prestidijitadores de antaño que nos engatusaban dejándonos siempre con la boca a medio abrir, tomó aquella cosita pequeña y frágil entre sus manos hoscas de de jíbaro trabajador y nos deleitó con una hermosa melodía que a todos maravilló.

Lo recuerdo, de igual manera, cuando llegó a la televisión con uno bate. Con uno de aquellos "sluggers" que hacían volar la pelota hasta casi tocar las nubes en el Hiram Bithorn, y cuando lo viró para que lo observáramos lo había transformado en un cuatro y a continuación lo escuchamos interpretar, no sé si una Danza o un Seis Chorreao, con aquella alegría inconfundible que siempre lo hacía acompañar.

Maso Rivera, el más alegre y creativo de nuestros cuatristas... Maso Rivera, el que más promovió el cuatro por todos los confines del planeta y en todos medios existentes de comunicación multitudinaria... Maso Rivera, el que popularizó el cuatro y lo bajó de la montaña para traerlo al llano, para llevarlo al pueblo y a las populosas calles de Nueva York y Chicago...

Maso Rivera, el Embajador del cuatro, por aquello de categorizarlo de algún modo, se nos fue así, calladito, bien de madrugada, el domingo que acaba de pasar, como si no hubiera querido que notáramos su ausencia. Pero cuan equivocado estuvo. En su momento de más profunda seriedad, cuando se encaró con el destino irreversible de todo ser viviente (la muerte), nuestro Maso quiso coger la juyilanga, como decimos los que todavía tenemos un chispito de jíbaro en nuestros corazones, para que no lo viéramos con los labios pegados y los ojos inexpresivos. Pero su muerte nos ha conmovido a todos y su arte inimitable de prestidijitador, de mago, de gran conversador, ni su alegría contagiosa, logró, en el momento de enterarnos de su deceso, que nuestros labios dibujaran una sonrisa.

En su última aparición en los tinglados de la muerte no hubo alegría ni hubo transformaciones espectaculares que nos maravillaran. No hubo melodías cosquilleantes ni su acto nos dejó boquiabiertos... Pero estamos seguros que cuando se levante el viejo telón de la vida imperecedera, allá en las esferas celestiales, allí lo estarán aguardado el Maestro Ladí, don Abelardo, Chuíto, Rafael Hernandez, Pedro Flores, Davilita, Daniel Santos, Bobby Capó, ¡Ah!, y nuestro queridísimo Julín Jiménez, que al igual que él, era otro espíritu travieso y bullanguero, para sólo mencionar un puñado, con un cuatro hecho de cedro divino para que les ofrezca un concierto que de Danzas y Seís Chorreaos que de seguro los maravillará a ellos allá, con la misma elocuencia y magestuosidad con que nos maravilló a nosotros acá.

¡Que descanse en paz don Maso!